agosto 22, 2010

Una entrevista a Lawrence Lessig

Encontré esta entrevista a Lawrence Lessig en el site de Página12 (http://www.pagina12.com.ar). Es de hace tres años y me parece un buen momento para recordarla.  Copio:


LUNES, 11 DE JUNIO DE 2007
ENTREVISTA A LAWRENCE LESSIG, FUNDADOR DE CREATIVE COMMONS
“El creador no es un pirata”
El académico estadounidense defiende el “copyleft”, un modo de evitar el rígido esquema actual de derechos y que deja en manos del autor el tipo de licencia que quiere ofrecer.
Por Patricia F. de Lis *
Las leyes que han protegido la creación cultural en los últimos cien años no sirven en la sociedad digital. Es lo que defiende Lawrence Lessig, catedrático de Derecho en Stanford y fundador de Creative Commons, la alternativa más extendida al copyright. En la era YouTube, en que las herramientas creativas están en manos de millones de personas, Lessig defiende las licencias copyleft, en las que el autor decide qué derechos ejerce y qué libertades otorga a sus usuarios.
León Tolstoi estaba avergonzado. Su mujer lo presionaba para que aceptara el dinero que procedía de sus derechos de autor, pero él creía que no debían ponerse límites, ni precio, a la extensión de sus ideas. “Para mí es un sufrimiento, una vergüenza –reflexiona en sus Diarios–. ¿Por qué debilitar el efecto que podría tener la prédica de la verdad?”
Más de cien años después, Lessig se declara dispuesto a devolver al autor la capacidad de decidir cómo quiere que se difundan sus ideas. El catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Stanford es uno de los mayores especialistas del mundo en derechos de autor. Aunque Lessig fue calificado de “radical” por las entidades gestoras de derechos, él defiende el copyright. Sólo que no cree que sea para todo el mundo.
Con un juego de palabras, Lessig explica que la cultura en el siglo XIX era “regrabable”, ya que los autores creaban apoyándose en las ideas de otros. El siglo XX es de “sólo lectura”, porque la extensión del copyright –en la Constitución estadounidense de 1787 duraba 17 años; ahora se acerca a los 200– y el hecho de que las herramientas creativas estén en manos de unos pocos convierte a los creadores en consumidores pasivos o en delincuentes que violan la propiedad intelectual. “Los autores sólo pueden crear con el permiso de los poderosos o de los creadores del pasado”, dice Lessig. El siglo XXI cambió radicalmente las reglas. En la era YouTube, los consumidores se convierten en “recreadores”: el 57% de los adolescentes estadounidenses colgó videos en Internet y ya hay, por ejemplo, 300 o 400 horas de obras realizadas con pedazos de animé japoneses. “No podemos matar esa creatividad, la ley sólo puede criminalizarla. No podemos hacer que nuestros hijos se conviertan en seres pasivos, llamarles simplemente piratas. Convertimos a los creadores en revendedores en el mercado negro.” La respuesta de Lessig es Creative Commons, un conjunto de licencias flexibles que otorgan al autor la capacidad de decidir qué derechos y libertades acompañan su obra.
–¿Por qué creó Creative Commons?
–Para entender lo que es Creative Commons (CC), hay que entender el problema que trata de resolver. Las leyes del copyright regulan las copias de las obras pero, en el mundo digital, cada uso individual de cualquier obra crea una copia. Eso significa que, en principio, hay que tener una licencia para cada uso, aunque seas un niño que utiliza imágenes de Disney para un proyecto del colegio. Sin embargo, muchos creadores no quieren que el control de su obra esté tan restringido; prefieren que la gente haga cosas con su trabajo, que lo copie, que lo comparta, que realice proyectos. Las restricciones del copyright no tienen sentido en este contexto. Es una tragedia que hayamos creado un régimen que concibe la creatividad de millones como ilegal. Y es importante tener este debate.
–¿Por qué?
–Porque la tecnología está cambiando la relación de la gente con la cultura. Hacer un disco o una película estaba reservado a un pequeño grupo de gente, y muchas formas de expresión cultural acabaron siendo desechadas. Lo que consiguieron las tecnologías digitales es que, de nuevo, un montón de gente pueda participar en esta creación cultural. Y en lugar de impulsarlo, la ley está en contra de esta nueva creatividad.
–¿Puede haber creación sin industria?
–No. Y ésta es una de las razones por las que pienso que el copyright es esencial, incluso en la era digital. Nada de lo que hacemos intenta negar la importancia de la industria, pero el modelo de industria tradicional desarrollado en el siglo XX no tiene sentido en éste. No es un debate a favor o en contra de la propiedad, sino sobre cuál es el régimen que permite a la mayor cantidad de gente posible ser creativa, mientras se protegen los necesarios incentivos comerciales de la industria. Lo que hay que pensar es si el modelo de protección de las obras de Madonna es el que tiene sentido para todas las formas de creatividad del mundo. Es un modelo muy particular desarrollado en un momento muy particular, con un determinado tipo de tecnología. La idea de que debe haber un solo modelo para todos los tipos de creatividad es ridícula. Y CC no es una manera de impedir que la gente explote sus obras; es una manera de ayudar a los autores a decidir cómo hacerlo.
–Usted menciona en su libro Cultura libre que el problema es que dejamos que los más amenazados por este cambio sean los que desarrollan las leyes.
–Así es. Uno de los mayores problemas de este tema es la corrupción del sistema, no en el sentido político, sino por el hecho de que la industria cultural tuvo mucho éxito en crear lobbies.
–¿Qué piensa del intercambio de obras creativas por Internet?
–Espero que la gente no use las redes P2P para violar el copyright de otros. Lo digo porque no creo que se deban violar los derechos de nadie pero, además, porque esa actividad es la gran excusa que tiene el otro lado para decir “debemos controlar Internet”, haciendo que sea más difícil para nosotros centrar la atención en la actividad creativa, que no debería estar limitada por el copyright. Pero no importa lo que haga la industria. Puede poner barreras técnicas o denuncias, pero no va a detener el intercambio de archivos. ¿Y sirvió para algo esta guerra? Los niños son criminales y los artistas no ganan dinero.
–¿Qué les diría a los autores que creen que no hay otro límite que el copyright frente a la copia desenfrenada de Internet?
–Deberían saber que el modo en que están protegidos depende de tecnologías y modelos de negocio del pasado. Por ejemplo, el editor de mi libro Cultura libre pensó que debía estar gratis en la red. ¿Por qué tiene sentido? Bueno, no es un libro corto, así que el costo de imprimirlo es mayor que el de comprarlo, y el editor pensó que, si lo ponía en Internet, mucha más gente lo conocería y lo compraría. Y el editor no quiere perder dinero. Intenta hacer más.
–¿Y funcionó en su caso? ¿Hizo dinero con su libro?
–Bueno, hice tanto dinero como me prometieron. Y el libro fue descargado más de medio millón de veces. Eso es extraordinario para un académico...
* De El País de Madrid. Especial para Página/12.


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Para leer el libro de Lessig Cultura Libre: http://ow.ly/2sYLF 

agosto 21, 2010

Porque de todo un poco

Acabo de ver La Desazón Suprema, el documental de Luis Ospina sobre Fernando Vallejo. Me ha invadido una rabia extraña mezclada con ironía leve, y la sensación de compartir con  muchísimos colombianos el exilio y el gesto impávido ante cadáveres y explosiones. 

Quedé también con energía. Siempre hace bien descubrir personas que se alejan de la supuesta especialización imperativa en esta época. Alguien que ha paseado por el cine, la filosofía, la literatura, las ciencias, la música, la escritura... y ha sabido conjugar en sí mismo y en lo que hace todas estas cosas, me hace querer seguir defendiendo el deseo imposible de saberlo todo, sin avergonzarme de él ni hacer como si no existiera para "no preocupar".  

El deber, como la tradición y la verdad son acuerdos sociales que por algún motivo -generalmente olvidado- se hicieron fuertes, hasta el punto de ser voluntaria o involuntariamente aceptados por una parte de la sociedad suficiente para hacerlos parecer absolutos. Más allá de la reflexión sobre la validez o invalidez de estas supuestas certezas, me llama la atención su origen, sus causas primigenias. En este retroceso curioso, a veces se encuentra uno con las razones más inesperadas y otras veces con razonamientos muy prácticos que resolvían problemas propios de una época. La cosa va desde una necesidad comercial o un problema de sanidad hasta una deformidad física de algún monarca enterrado siglos atrás. 

Cualquiera que sea la historia que encierran nuestras costumbres, no deja de sorprenderme -e incomodarme un poco- la obediencia y la inconsciencia con las que generalmente las aceptamos. Su invisibilidad nos paraliza. Muchas veces su existencia aparentemente incuestionable no nos deja más que el malestar y la angustia al darnos cuenta de que no encajamos cómodamente en los supuestos.

Me gustó del documental -como me gusta de Vallejo mismo o de Bukowski- su capacidad de mostrar una cara que no conozco y que probablemente nunca llegue a vivir, pero que imagino con ellos. Me gustó escuchar cerca y cotidiana una voz que se ha vuelto medio mítica por su irreverencia incansable, y sentir que no es mía y que, desde su primera persona agotada, tiene mucho que decirnos. 

agosto 04, 2010

Crear

Esto se lo escribí específicamente a alguien y en el proceso aclaré muchas cosas. Espero que no le moleste que lo copie acá:

El proceso creativo y la vida misma están llenos de altibajos -no le digo nada nuevo-. Hay momentos en los que uno está terriblemente hábil para lograr resultados satisfactorios y momentos de bloqueo total. Si bien es cierto que en la música esto es siente con innegable claridad, puede verse también en el resto de actividades que exigen poner todo lo que uno tiene en cada decisión. 

Es normal que se quiera tener una vida llena de éxitos, uno tras otro, una vida directa hacia la cima que le permita vivir con la tranquilidad de estar haciéndolo todo siempre bien. Por fortuna o por desgracia, este supuesto éxito asegurado e infalible no es más que una idea adoptada por la publicidad para vender más fácilmente los productos: esos productos que nos prometen la vida preciosamente ligera de la sonrisa del éxito. Pero, digámoslo abiertamente: es una farsa.

Uno de los ejercicios más lindos de hacer con la historia del arte es sentarse con un libro en las manos a mirar la transformación de un artista, desde los primeros trazos hasta la muerte. En esto Dalí es uno de los más fascinantes. Es increíble cómo va cambiando la técnica, el estilo, el color, las formas... incluso la emoción y la posición política del individuo se ven reflejadas en las obras.

Hace unos años escuché decir a Fernando del Paso (escritor mejicano) en una conferencia, algo como que el peor mal que nos había hecho España era hacernos sentir que si no somos Cervantes no existimos. Hollywood se ha encargado bien de la misma tarea inventando la superstar y así, cada vez más, nos venden caras y nombres en las calles, en las revistas, en la tele, en Internet, hasta en las universidades. Hay, sin embargo, una manera de combatir esa mitificación de individuos -que responde a una lógica más comercial que de otro tipo-: conociendo gente. 

La mayoría de mis personas preferidas no sale en MTV, en Soho, en Vogue o en Fox y ojalá no salga nunca. Mis personas preferidas lo son por su calidad humana, por su inteligencia y por su pasión, y estas cualidades pueden encontrarse muy lejos del logro (comercial) asegurado por la editorial Planeta o por EMI Music. Hay tal vez que aprender a lidiar con el éxito, si llega, o robarle un poco de comodidad a estas empresas montadas para generar ganancias, para así poder dedicarse a proyectos más lindos, más satisfactorios, más irreverentes, más valiosos. 

En todo caso lo esencial no es una serie de exclamaciones aprobatorias pronunciadas por familiares, compañeros, profesores y fans. Lo esencial es cuánto disfrute uno hacer lo que hace. Hablarse sinceramente y saber que simplemente no puede hacer otra cosa,  preguntarse si está satisfecho, estética, emocional, política y éticamente satisfecho. Está claro que no es posible agradarle al mundo entero, incluso se puede no agradar a nadie... pero es que si fuera por la aprobación de los contemporáneos no existiría la obra de innumerables personajes que hoy admiramos.

Tiene usted veintitantos años y una expectativa de 60, 70, 80... (¿?) No se trata de conseguirlo todo ya, se trata de andar por un camino que a veces es desértico pero que tiene los amaneceres más lindos del mundo.  Si pinta hágalo porque no puede hacer nada más, porque si no lo hace se vuelve estéril, no porque a una chica le gusten o no dos o tres cuadros. Pero aprenda a aceptar confrontaciones, críticas, negativas. Tamícelas, digiéralas, sopéselas y pregúntese si tienen sentido y por qué, si le interesan y si debe buscar otro camino.