D-sub
("Pues la crisis no es algo que haya de superarse, sino algo que debe volverse vivo" M.H.)
septiembre 30, 2012
julio 11, 2012
Desde que tuve edad suficiente para seguir un razonamiento lógico planteado por otro, he estado inmersa en el aprendizaje de disciplinas diversas. Mi educación empezó antes de empezar el colegio: mi hermana me enseñaba a leer, mi padre me invitaba a jugar ajedrez y me acompañaba mientras resolvía problemas de los libros de matemática elemental que me regalaba; iba a la escuela de música a aprender las figuras y las escalas con un profesor a quien quería mucho, quizás porque tenía en el salón un inmenso estuche de contrabajo que a mí me parecía más bien la cama de un vampiro amable...
Una lista de las clases "extracurriculares" que he tomado durante mi vida puede resultar extensa y extraña: música, patinaje artístico, natación, dibujo, pintura, ballet, inglés, alemán, francés, portugués, chino, fotografía, costura, gimnasia olímpica, violín, diseño escenográfico, teatro, clown, acrobacia... Demás está decir que no hay una sola de esas cosas que hoy en día lleve acabo con maestría... y quizás una sola en la que he logrado un nivel más o menos competente. Sin embargo, esta dispersión o -cantado por Cerati- inconstancia no muy heroica sino más bien enfermiza, me ha enseñado cosas sobre las que venía hoy reflexionando después de salir de una clase de violín especialmente difícil.
Cuando uno se enfrenta por primera vez a una disciplina pueden suceder varias cosas que dependen de la predisposición natural, talento, facilidad, empatía -o como se quiera llamar- de cada uno. Quizás la cosa resulte completamente frustrante por la excesiva dificultad (esto, sospecho, tiene mucho que ver con el maestro y lo compañeros), quizás resulte difícil pero fascinante y se convierta de inmediato en un reto, quizás resulte natural, fácil e incluso obvio.
Personalmente tengo ya identificadas algunas cosas que de entrada me cuestan menos: los idiomas; el primer acercamiento a los instrumentos musicales; cualquier cosa que se base en la interpretación de textos y el razonamiento lógico-matemático. En cambio, me resulta especialmente difícil memorizar secuencias de movimientos corporales (y ni hablar de hacerlas "hacia el otro lado"); estar expuesta a un público y tener que hacerme cargo de la situación; entender y analizar comportamientos físicos o deducir soluciones a problemas técnicos o estructurales...
Pero por más natural o fácil que resulte algo, hay siempre un punto del aprendizaje en el que el asunto se pone complicado. En los idiomas suele pasar(me) más o menos después de seis meses de estudio, en las otras cosas varía. Es algo así como un punto de quiebre, un nodo importante, la curva más cerrada del camino antes de un largo tramo recto que entonces resulta leve o una subida muy escarpada hacia un bello mirador.
Y en ese punto del estudio del violín me encuentro justo ahora. Ya lo venía venir, ya lo sabía cuando dejé de estudiar hace unos años porque el paso siguiente iba a exigirme una dedicación a la que no estaba dispuesta y entonces viré violentamente hacia la arquitectura... Lo sabía también cuando hace casi algunos meses tomé la decisión de retomar el estudio de este infernal instrumento porque me sentía con madurez y calma suficientes para enfrentar la cosa de otro modo. Y heme aquí ahora asimilando el momento, estudiando a diario, soportando que los pasajes difíciles no salgan, no salgan, no salgan... y dos meses después tampoco salgan; entendiendo que no he desarrollado la habilidad suficiente; buscando procedimientos mentales que allanen el camino; haciendo frente a la incomodidad de no tener una mente dotada con una inteligencia musical especial que haga que las soluciones resulten evidentes. Hueso duro de roer, lección inmensa de humildad y paciencia.
-Tenemos que hacer que la cabeza labure más rápido-, dice mi profesor ante la torpeza con la que intento estudiar un pasaje de dobles cuerdas. -Pero bien, niña, bien-, continúa -lo que viene de ahora en adelante es un nivel...- y aquí usó una expresión exacta que no recuerdo pero si hubiese estado hablando de un deporte habría dicho "de alto rendimiento". -Hay que empezar a aprender cómo se solucionan los problemas-.
Una lista de las clases "extracurriculares" que he tomado durante mi vida puede resultar extensa y extraña: música, patinaje artístico, natación, dibujo, pintura, ballet, inglés, alemán, francés, portugués, chino, fotografía, costura, gimnasia olímpica, violín, diseño escenográfico, teatro, clown, acrobacia... Demás está decir que no hay una sola de esas cosas que hoy en día lleve acabo con maestría... y quizás una sola en la que he logrado un nivel más o menos competente. Sin embargo, esta dispersión o -cantado por Cerati- inconstancia no muy heroica sino más bien enfermiza, me ha enseñado cosas sobre las que venía hoy reflexionando después de salir de una clase de violín especialmente difícil.
Cuando uno se enfrenta por primera vez a una disciplina pueden suceder varias cosas que dependen de la predisposición natural, talento, facilidad, empatía -o como se quiera llamar- de cada uno. Quizás la cosa resulte completamente frustrante por la excesiva dificultad (esto, sospecho, tiene mucho que ver con el maestro y lo compañeros), quizás resulte difícil pero fascinante y se convierta de inmediato en un reto, quizás resulte natural, fácil e incluso obvio.
Personalmente tengo ya identificadas algunas cosas que de entrada me cuestan menos: los idiomas; el primer acercamiento a los instrumentos musicales; cualquier cosa que se base en la interpretación de textos y el razonamiento lógico-matemático. En cambio, me resulta especialmente difícil memorizar secuencias de movimientos corporales (y ni hablar de hacerlas "hacia el otro lado"); estar expuesta a un público y tener que hacerme cargo de la situación; entender y analizar comportamientos físicos o deducir soluciones a problemas técnicos o estructurales...
Pero por más natural o fácil que resulte algo, hay siempre un punto del aprendizaje en el que el asunto se pone complicado. En los idiomas suele pasar(me) más o menos después de seis meses de estudio, en las otras cosas varía. Es algo así como un punto de quiebre, un nodo importante, la curva más cerrada del camino antes de un largo tramo recto que entonces resulta leve o una subida muy escarpada hacia un bello mirador.
Y en ese punto del estudio del violín me encuentro justo ahora. Ya lo venía venir, ya lo sabía cuando dejé de estudiar hace unos años porque el paso siguiente iba a exigirme una dedicación a la que no estaba dispuesta y entonces viré violentamente hacia la arquitectura... Lo sabía también cuando hace casi algunos meses tomé la decisión de retomar el estudio de este infernal instrumento porque me sentía con madurez y calma suficientes para enfrentar la cosa de otro modo. Y heme aquí ahora asimilando el momento, estudiando a diario, soportando que los pasajes difíciles no salgan, no salgan, no salgan... y dos meses después tampoco salgan; entendiendo que no he desarrollado la habilidad suficiente; buscando procedimientos mentales que allanen el camino; haciendo frente a la incomodidad de no tener una mente dotada con una inteligencia musical especial que haga que las soluciones resulten evidentes. Hueso duro de roer, lección inmensa de humildad y paciencia.
-Tenemos que hacer que la cabeza labure más rápido-, dice mi profesor ante la torpeza con la que intento estudiar un pasaje de dobles cuerdas. -Pero bien, niña, bien-, continúa -lo que viene de ahora en adelante es un nivel...- y aquí usó una expresión exacta que no recuerdo pero si hubiese estado hablando de un deporte habría dicho "de alto rendimiento". -Hay que empezar a aprender cómo se solucionan los problemas-.
marzo 13, 2012
Al parecer aparento la edad que mi interlocutor quiere que tenga. Poniéndome psicoanalítica diría que proyectan en mí algún tipo de deseo... pero prefiero pensar que estoy adquiriendo de los chinos esa característica loca de lo atemporal. En cualquier caso, es (creo) divertido tener un margen de edad de más o menos diez años y pasar en una semana de tener 30 a tener 20... y a veces también es útil, como la cara de tonto bien administrada. Sin embargo, siempre resulto ser demasiado chica o demasiado grande para las expectativas de los otros. {Sospecho que los chicos de mi generación murieron en una epidemia o algo así, porque conozco muy pocos... (tal vez en la epidemia del bolichedecumbiayreggaeton)}
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Pretendía escribir sobre el concierto de Roger Waters pero aún lo estoy asimilando. Una entrada llegó a mis manos en el momento y de la forma más inesperados.
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Pretendía escribir sobre el concierto de Roger Waters pero aún lo estoy asimilando. Una entrada llegó a mis manos en el momento y de la forma más inesperados.
febrero 05, 2012
Para estos días de trabajo rutinario con jefes, horarios, deberes que cumplir (que algunos llamarían "órdenes"), reprensiones, sonrisa que en el fondo a veces grita "Why so seriouuus?", clientes, cuentas, platos y esas cosas:
Exijo mi derecho
a no tener habilidades para todo
a equivocarme
a olvidar
a despistarme mirando las orquídeas
a tomarme para almorzar el tiempo que se tomaría un ser humano y no un cerdo
a reír
a interactuar
a que me guste el rey
a hacer las cosas con calma
,
a la pausa
a un ritmo que me deje respirar
a tomarme un café
a charlar con los cocineros y usar su delantal
a dibujar con las salsas en los platos
(o sea, a jugar con la comida)
a elegir la música y a no escuchar el mismo disco todo el día
a ser amable
a tomar té de ginkgo biloba para la memoria
a que mi mundo no se reduzca a un salón de té
a no trabajar para otros ni diez ni once ni doce horas al día aunque sea viernes o sábado
a sentir bronca porque una hora de mi trabajo no llegue a valer dos dólares con cincuenta y aún más bronca por saber que no soy la más explotada de ahí
a ser pésima para obedecer al pie de la letra
a odiar dar órdenes
a hacerme la sorda
a jugar
a la picardía
a cumplir caprichos
a gastarme la plata en regalos, en conciertos y en papel y minas
a preguntar
a chismosear
a boludear
a tener miedo de abrir un vino
a no querer atender a algunas personas
y a recordar siempre, siempre, siempre que esa en realidad no es mi vida.
aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Exijo mi derecho
a no tener habilidades para todo
a equivocarme
a olvidar
a despistarme mirando las orquídeas
a tomarme para almorzar el tiempo que se tomaría un ser humano y no un cerdo
a reír
a interactuar
a que me guste el rey
a hacer las cosas con calma
,
a la pausa
a un ritmo que me deje respirar
a tomarme un café
a charlar con los cocineros y usar su delantal
a dibujar con las salsas en los platos
(o sea, a jugar con la comida)
a elegir la música y a no escuchar el mismo disco todo el día
a ser amable
a tomar té de ginkgo biloba para la memoria
a que mi mundo no se reduzca a un salón de té
a no trabajar para otros ni diez ni once ni doce horas al día aunque sea viernes o sábado
a sentir bronca porque una hora de mi trabajo no llegue a valer dos dólares con cincuenta y aún más bronca por saber que no soy la más explotada de ahí
a ser pésima para obedecer al pie de la letra
a odiar dar órdenes
a hacerme la sorda
a jugar
a la picardía
a cumplir caprichos
a gastarme la plata en regalos, en conciertos y en papel y minas
a preguntar
a chismosear
a boludear
a tener miedo de abrir un vino
a no querer atender a algunas personas
y a recordar siempre, siempre, siempre que esa en realidad no es mi vida.
aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
enero 19, 2012
Nunca es tarde
"Debemos pasar mucho tiempo entendiendo cada cultura. Y parece un tiempo casi infinito. Por lo tanto, más que resolver la contradicción que hay en mi mente, preferiría pasar mucho tiempo haciéndola mayor, y sostenerla hasta que se convierta en mi personal forma de representación."
Hoy me presentaron a Tōru Takemitsu.
Hoy me presentaron a Tōru Takemitsu.
diciembre 16, 2011
China
Por razones más o menos inexplicables e impulsada por una serie de afortunada casualidades, últimamente pienso mucho en China. Leyendo un libro de Namoi Klein tremendo e inmensamente doloros -La doctrina del Shock- me topé con esto:
Ésa (la de Deng en 1989, animado por M. Friedman) en concreto fue la oleada de reformas que transformó a China en el taller industrial de mano de obra barata del mundo y, por tanto, en la ubicación preferida de las plantas de producción subcontratadas por prácticamente todas las multinacionales del planeta. Ningún país ofrecía condiciones más lucrativas que China: impuestos y aranceles reducidos, autoridades corruptibles y, por encima de todo, una mano de obra abundante y escasamente remunerada que, durante muchos años, no iba a querer arriesgarse a exigir salarios dignos ni las protecciones laborales más básicas por miedo a las más violentas represalias.Cuando nací había un muro en Berlín y un polo del mundo comunista pero yo no recuerdo ninguno de los dos. También había un gobierno militar en Chile y otro en Paraguay. Lo de Chile lo supe siempre y sé que de algún modo el golpe que destrozó el sueño de Allende y la vida de tantas personas, es la primera de una serie de casualidades que desembocaron en mi aparición en este mundo. De la segunda me enteré 20 años después y me avergüenza profundamente ignorar tantas cosas de la historia latinoamericana. En esta ciudad he tenido la fortuna de escuchar a menudo hablar guaraní, poco a poco despierto.
Para los inversores extranjeros y para el partido, éste ha sido un arreglo con el que todos han salido ganando. Según un estudio de 2006, el 90% de los "multimillonarios" de China (calculados en yuanes chinos) son hijos de funcionarios del Partido Comunista. Son en total, aproximadamente, unos 2.900. Estos vástagos del partido (conocidos como "los principitos") controlan una riqueza valorada en 260.000 millones de dólares estadounidenses. Se trata de un calco del Estado corporativista del que Chile fue precursor en tiempos de Pinochet: una puerta giratoria entre las élites empresariales y políticas que unen su poder para eliminar a los trabajadores como fuerza política organizada. Este acuerdo de colaboración es apreciable hoy en día en el modo en que las empresas multinacionales mediáticas y tecnológicas ayudan al Estado chino a espiar a sus propios ciudadano y a asegurarse de que cuando los estudiantes realicen búsquedas por Internet de expresiones como "masacre en la plaza de Tiananmen" o, incluso, "democracia", no aparezca ningún resultado en la pantalla. "La creación de la sociedad de mercado actual no fue consecuencia de una secuencia de hechos espontáneos", escribe Wang Hui, "sino de la interferencia y la violencia estatales.
diciembre 12, 2011
Hace casi dos años llegué a vivir a Buenos Aires. Supuestamente iba a quedarme sólo uno, pero así son los viajes y la vida a veces timonea para salvar obstáculos.
Empieza, entonces, mi segundo verano en esta ciudad con río y sin él. Se acerca asimismo mi segundo cumpleaños e inevitablemente me pongo reflexiva: ¿he cambiado?, ¿qué ha cambiado?
Al escucharme conversar y hacerme consciente de algunos comportamientos pienso que sí he cambiado. La timidez que antes me paralizaba a la hora de hacer una llamada, pedir algo o saludar, se hace cada vez más dócil y me permite jugar con ella; el silencio obstinado que me invadía ante alguien desconocido es más fácil de romper desde que descubrí que todos decimos tonterías, que las conversaciones están llenas de trivialidades y para la mayoría eso no es un problema (paternal excepción...).
De pronto he empezado a existir, a asumir mi ser presente en el mundo, después de veinte años de querer ser invisible, de caminar tan silenciosamente como fuera posible, de no molestar, de no pedir ayuda, de no hablar y observar y escucharlo todo desde una honda soledad. "Es que esa niña no se siente", oí decir mil veces con la mayor aprobación. Mi presencia ausente era maravillosa para el mundo adulto y yo dominaba la técnica a la perfección. Sólo surgía un problema cuando me cruzaba con alguien que se fijaba en mí y esperaba una acción propia de un ser humano práctico y real, a lo que yo solo podía responder con una mirada angustiada de timidez que suplicaba silenciosamente: "¿No podemos hacer como si no existiera? Es más fácil."
Y un día heme aquí, en una ciudad donde hay que decir algo cada vez que uno se sube un colectivo, donde hablan fuerte -como tanos-, donde el trato es imperativo y directo. Heme además sola, sin faldas para esconderme detrás y sin voces que pidieran por mí. Entonces me di cuenta de que existía y supe que cada acción mía tendría en adelante una reacción, una consecuencia en los otros y en el mundo. La obviedad humana más grande, que se me había escapado durante veintiún años, me daba al fin un sacudón violento.
Entonces me enfrenté a una gran pregunta: ¿qué hacer con tanto yo cuando estoy bien acostumbrada a no existir? El asunto tiene algo de escultórico: descubrir las posibilidades plásticas de un material que siempre estuvo ahí pero que a uno no se le había ocurrido que pudiera moldear realmente. Comencé a probar, a aprobar y a desaprobar. Tal proceso está lejos de terminar pero ha dado algunos frutos dulces, ácidos y dolorosos. Ahora sé, por ejemplo, que puedo hacer reír y que me encanta; que odio con el alma hacer maquetas y en cambio prefiero sembrar y cuidar plantas; que aún sonrío como papa dice que sonreía a los cuatro años y sólo dejé de hacerlo por eso que llaman adolescencia; que con la música tengo una relación bipolar, escucharla en vivo me hace llorar y tocarla me llena y me vacía al mismo tiempo; que amo escribir pero le falta algo; que cuando grande quiero ser bailarina; que se puede vivir y recorrer el mundo siendo un payaso o haciendo malabares, y que la sorpresa y la risa son armas para ganar la simpatía hasta en los contextos más violentos... Estas dos últimas, grandes y emocionantes revelaciones.
DILIGE ET QUOD VIS FAC.
(Gracias, pa, por el diccionario de expresiones y frases latinas).
Empieza, entonces, mi segundo verano en esta ciudad con río y sin él. Se acerca asimismo mi segundo cumpleaños e inevitablemente me pongo reflexiva: ¿he cambiado?, ¿qué ha cambiado?
Al escucharme conversar y hacerme consciente de algunos comportamientos pienso que sí he cambiado. La timidez que antes me paralizaba a la hora de hacer una llamada, pedir algo o saludar, se hace cada vez más dócil y me permite jugar con ella; el silencio obstinado que me invadía ante alguien desconocido es más fácil de romper desde que descubrí que todos decimos tonterías, que las conversaciones están llenas de trivialidades y para la mayoría eso no es un problema (paternal excepción...).
De pronto he empezado a existir, a asumir mi ser presente en el mundo, después de veinte años de querer ser invisible, de caminar tan silenciosamente como fuera posible, de no molestar, de no pedir ayuda, de no hablar y observar y escucharlo todo desde una honda soledad. "Es que esa niña no se siente", oí decir mil veces con la mayor aprobación. Mi presencia ausente era maravillosa para el mundo adulto y yo dominaba la técnica a la perfección. Sólo surgía un problema cuando me cruzaba con alguien que se fijaba en mí y esperaba una acción propia de un ser humano práctico y real, a lo que yo solo podía responder con una mirada angustiada de timidez que suplicaba silenciosamente: "¿No podemos hacer como si no existiera? Es más fácil."
Y un día heme aquí, en una ciudad donde hay que decir algo cada vez que uno se sube un colectivo, donde hablan fuerte -como tanos-, donde el trato es imperativo y directo. Heme además sola, sin faldas para esconderme detrás y sin voces que pidieran por mí. Entonces me di cuenta de que existía y supe que cada acción mía tendría en adelante una reacción, una consecuencia en los otros y en el mundo. La obviedad humana más grande, que se me había escapado durante veintiún años, me daba al fin un sacudón violento.
Entonces me enfrenté a una gran pregunta: ¿qué hacer con tanto yo cuando estoy bien acostumbrada a no existir? El asunto tiene algo de escultórico: descubrir las posibilidades plásticas de un material que siempre estuvo ahí pero que a uno no se le había ocurrido que pudiera moldear realmente. Comencé a probar, a aprobar y a desaprobar. Tal proceso está lejos de terminar pero ha dado algunos frutos dulces, ácidos y dolorosos. Ahora sé, por ejemplo, que puedo hacer reír y que me encanta; que odio con el alma hacer maquetas y en cambio prefiero sembrar y cuidar plantas; que aún sonrío como papa dice que sonreía a los cuatro años y sólo dejé de hacerlo por eso que llaman adolescencia; que con la música tengo una relación bipolar, escucharla en vivo me hace llorar y tocarla me llena y me vacía al mismo tiempo; que amo escribir pero le falta algo; que cuando grande quiero ser bailarina; que se puede vivir y recorrer el mundo siendo un payaso o haciendo malabares, y que la sorpresa y la risa son armas para ganar la simpatía hasta en los contextos más violentos... Estas dos últimas, grandes y emocionantes revelaciones.
DILIGE ET QUOD VIS FAC.
(Gracias, pa, por el diccionario de expresiones y frases latinas).
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