julio 11, 2012

Desde que tuve edad suficiente para seguir un razonamiento lógico planteado por otro, he estado inmersa en el aprendizaje de disciplinas diversas. Mi educación empezó antes de empezar el colegio: mi hermana me enseñaba a leer, mi padre me invitaba a jugar ajedrez y me acompañaba mientras resolvía problemas de los libros de matemática elemental que me regalaba; iba a la escuela de música a aprender las figuras y las escalas con un profesor a quien quería mucho, quizás porque tenía en el salón  un inmenso estuche de contrabajo que a mí me parecía más bien la cama de un vampiro amable...

Una lista de las clases "extracurriculares" que he tomado durante mi vida puede resultar extensa y extraña: música, patinaje artístico, natación, dibujo, pintura, ballet, inglés, alemán, francés, portugués, chino, fotografía, costura, gimnasia olímpica, violín, diseño escenográfico, teatro, clown, acrobacia... Demás está decir que no hay una sola de esas cosas que hoy en día lleve acabo con maestría... y quizás una sola en la que he logrado un nivel más o menos competente. Sin embargo, esta dispersión o -cantado por Cerati- inconstancia no muy heroica sino más bien enfermiza, me ha enseñado cosas sobre las que venía hoy reflexionando después de salir de una clase de violín especialmente difícil.

Cuando uno se enfrenta por primera vez a una disciplina pueden suceder varias cosas que dependen de la predisposición natural, talento, facilidad, empatía -o como se quiera llamar- de cada uno. Quizás la cosa resulte completamente frustrante por la excesiva dificultad (esto, sospecho, tiene mucho que ver con el maestro y lo compañeros), quizás resulte difícil pero fascinante y se convierta de inmediato en un reto, quizás resulte natural, fácil e incluso obvio.

Personalmente tengo ya identificadas algunas cosas que de entrada me cuestan menos: los idiomas; el primer acercamiento a los instrumentos musicales; cualquier cosa que se base en la interpretación de textos y el razonamiento lógico-matemático. En cambio, me resulta especialmente difícil  memorizar secuencias de movimientos corporales (y ni hablar de hacerlas "hacia el otro lado"); estar expuesta a un público y tener que hacerme cargo de la situación; entender y analizar comportamientos físicos o deducir soluciones a problemas técnicos o estructurales...

Pero por más natural o fácil que resulte algo, hay siempre un punto del aprendizaje en el que el asunto se pone complicado. En los idiomas suele pasar(me) más o menos después de seis meses de estudio, en las otras cosas varía. Es algo así como un punto de quiebre, un nodo importante, la curva más cerrada del camino antes de un largo tramo recto que entonces resulta leve o una subida muy escarpada hacia un bello mirador.

Y en ese punto del estudio del violín me encuentro justo ahora. Ya lo venía venir, ya lo sabía cuando dejé de estudiar hace unos años porque el paso siguiente iba a exigirme una dedicación a la que no estaba dispuesta y entonces viré violentamente hacia la arquitectura... Lo sabía también cuando hace casi algunos meses tomé la decisión de retomar el estudio de este infernal instrumento porque me sentía con madurez y calma suficientes para enfrentar la cosa de otro modo. Y heme aquí ahora asimilando el momento, estudiando a diario, soportando que los pasajes difíciles no salgan, no salgan, no salgan... y dos meses después tampoco salgan; entendiendo que no he desarrollado la habilidad suficiente; buscando procedimientos mentales que allanen el camino; haciendo frente a la incomodidad de no tener una mente dotada con una inteligencia musical especial que haga que las soluciones resulten evidentes. Hueso duro de roer, lección inmensa de humildad y paciencia.

-Tenemos que hacer que la cabeza labure más rápido-, dice mi profesor ante la torpeza con la que intento estudiar un pasaje de dobles cuerdas. -Pero bien, niña, bien-, continúa -lo que viene de ahora en adelante es un nivel...- y aquí usó una expresión exacta que no recuerdo pero si hubiese estado hablando de un deporte habría dicho "de alto rendimiento". -Hay que empezar a aprender cómo se solucionan los problemas-.




2 comentarios:

Pi dijo...

ayayay!

força! força! que la vista es hermosa! (aunque, lo peor es que llegas y, siguiendo en tu metáfora, aunque te encuentres con un mirador, te das cuenta que hay otro justico más arriba, después de una (otra) gran pendiente...)

Yo estoy un poco frustrada por mi falta de perfección en los idiomas. Estoy cansada de comunicarme a "trancas y mochas", de que se note que soy extranjera con sólo decir "hola!". Antes de venir, no podía imaginar que tras dos años de trabajar, estudiar y dar clases en portugués siguiera hablando tan mal, y sí, me siento hablando tal y como hablaba al cabo de seis meses, llegué a una horrible e infinita llanura de mi proceso de aprendizaje.

Me da curiosidad, a qué te refieres con "analizar comportamientos físicos"?

Quiero volver al entrenamiento YA!

Te quiero.

Pi dijo...

jejeje...

inicialmente, pensé que te referías a fenómenos físicos en el sentido ciéntifico pero, como estaba enlistado en tus no-talentos, también pensé a tu no-talento (o, más bien, falta de paciencia) con los fenómenos físicos (emocionales) de la humanidad. Tu exasperación para lidiar con egos, dramas, celos y demás maravillas de la naturaleza.

Pensando, hace mucho no hago análisis de comportamientos físicos (muchas ciencias humanas por acá); sólo recuerdo que me fascinaba. Aún sueño con un mecenas que me sustente estudios de música, matemática, física, filosofía y teleología jejeje.

Sí, entiendo lo de espacialmente escarpada. Probablmente, aunque siga igual de escarpada de ahí para adelante se siente menos porque tu estado físico está en mejores condiciones y tu mente y cuerpo más acostumbrada al ritmo de entrenamiento.